Lectura del libro de Isaías
Escuchen la palabra del Señor,
gobernantes de Sodoma;
oigan la enseñanza de nuestro Dios,
pobladores de Gomorra.
¿Qué utilidad me reportan
sus abundantes sacrificios?
—dice el Señor—.
Estoy harto de holocaustos de carneros,
de la enjundia de cebones;
no me agrada la sangre de novillos,
de corderos y machos cabríos.
Cuando entran en mi presencia
y penetran por mis atrios,
¿quién les exige esas cosas?
No traigan más ofrendas injustas,
el humo de su cremación
me resulta insoportable.
Novilunio, sábado, asamblea…
no soporto reuniones de malvados.
Odio novilunios y fiestas,
me resultan ya insoportables,
intento en vano aguantarlos.
Cuando levantan las manos suplicantes,
aparto mi vista de ustedes;
por más que aumenten las oraciones,
no pienso darles oído;
sus manos están llenas de sangre.
Lávense, purifíquense;
aparten de mi vista
todas sus fechorías;
dejen ya de hacer el mal.
Aprendan a hacer el bien,
tomen decisiones justas,
restablezcan al oprimido,
hagan justicia al huérfano,
defiendan la causa de la viuda.
R/. Al de conducta integra
le haré ver la salvación de Dios.
No te reprendo por tus sacrificios,
pues tus holocaustos están siempre ante mí.
No tomaré el becerro de tu casa
ni el macho cabrío de tus corrales. R/.
¿Por qué proclamas mis normas
y tienes en tu boca mi alianza,
tú que odias la instrucción,
tú que desprecias mis palabras? R/.
Esto haces, ¿me quedaré callado?
¿Piensas que soy como tú?
Yo te acuso, ante ti lo declaro».
Quien ofrece un sacrificio de alabanza me da gloria:
al de conducta integra le haré ver la salvación de Dios. R/.
Lectura del santo evangelio según san Mateo
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
—No crean que he venido a traer la paz al mundo. ¡No he venido a traer paz, sino guerra! Porque he venido a poner al hijo en contra de su padre, a la hija en contra de su madre y a la nuera en contra de su suegra; de manera que los enemigos de cada uno serán sus propios familiares.
El que quiera a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que quiera a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Y el que no esté dispuesto a tomar su cruz para seguirme, tampoco es digno de mí. El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que, por causa de mí, la pierda, ese la salvará.
El que los reciba a ustedes es como si me recibiera a mí, y el que me reciba a mí es como si recibiera al que me envió. El que reciba a un profeta por tratarse de un profeta, tendrá la recompensa que corresponde a un profeta, y el que reciba a un justo por tratarse de una persona justa, tendrá la recompensa que corresponde a una persona justa.
Igualmente el que dé un vaso de agua fresca al más insignificante de mis discípulos precisamente por tratarse de un discípulo mío, les aseguro a ustedes que no quedará sin recompensa.
Cuando Jesús terminó de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, se marchó de allí a enseñar y anunciar el mensaje en los pueblos de la región.
Dios nos toma en serio. Así ha sido desde el primer instante en que quiso que fuéramos seres libres. Por eso no puede estar de acuerdo cuando reducimos nuestra relación con él a una serie de conveniencias. Si obramos de este modo no le engañamos a él, sino a nosotros mismos. Creer en Dios, es decir, recibir el don de la fe que él mismo nos ofrece gratuitamente, es una cuestión de corazón. No es posible comprometernos con él sólo de fachada o en momentos alternos. Dios nos ama antes y a jornada completa, y nosotros, sabiéndonos amados (que es, por tanto, el vértice de todo deseo), ¿qué otra cosa podemos hacer sino amarlo a nuestra vez?
Amar es una acción muy concreta. Amar a Dios, sin embargo, no es una cuestión limitada a impulsos interiores: incluye amar al hermano, a la hermana; amarlos en su carácter concreto, en la necesidad en que se encuentran. Hacerles el bien puede traducirse en grandes gestos y, con mayor probabilidad, en gestos cotidianos, esos que demasiadas veces definimos como «pequeños», damos por descontado y no vivimos con atención y ternura. A menudo son precisamente esos gestos, triviales en apariencia, los que más nos cuesta realizar con amor, especialmente con las personas difíciles o simplemente desagradables.
Si nos quedamos encerrados en nosotros mismos, con nuestra presunción de santidad, porque quizás rezamos alguna oración y nos sentamos los domingos en primera fila en la iglesia, no encontraremos la vida y perderemos la recompensa. Sí la obtendrá, en cambio, quien sepa reconocer que sólo el Señor es Dios y que por amarnos tiene «derecho» a nuestro amor; ese Dios que es inmenso y que goza «escondiéndose» y haciéndose amar en los «pequeños».
| Blanco | Color que hace referencia a la resurrección de Jesús, siendo el color más solemne en la liturgia. Simboliza la alegría y la paz. Se usa durante el tiempo de Pascua y el tiempo de Navidad. Se emplea también en las fiestas y solemnidades del Señor no relativas a la Pasión, incluida la misa de la Cena del Señor del Jueves Santo, en las fiestas de la Virgen María y de los santos que no murieron mártires. |
| Morado | Este color simboliza preparación espiritual. Simboliza humildad, penitencia, deseo y dolor. Se usa en Adviento y en Cuaresma, tiempos de preparación para la Navidad y la Pascua respectivamente. Además, en las celebraciones penitenciales y de difuntos. |
| Verde | Este color simboliza esperanza, paz, serenidad y ecología. Es usado durante el Tiempo Ordinario, en los feriados y los domingos que no exigen otro color (solemnidades, fiestas de santos). |
| Rojo | Asociado a la sangre y al fuego, es color del corazón: denota pasión, vida, pentecostés y martirio. Es usado principalmente en el Domingo de Ramos, el Viernes Santo, Pentecostés y en las fiestas de mártires. Además, en la administración del sacramento de la Confirmación. |