Lectura del libro de Baruc
«Al Señor Dios nuestro pertenece la justicia; a nosotros, en cambio, la vergüenza que hoy cubre el rostro de todo habitante de Judá y de Jerusalén, de nuestros reyes y gobernantes, de nuestros sacerdotes y profetas, y aun de nuestros antepasados. Porque hemos pecado contra el Señor: le hemos desobedecido, no hemos escuchado la voz del Señor Dios nuestro cuando ordenaba que nos condujéramos según los mandamientos que puso delante de nosotros.
Desde el día en que el Señor sacó de Egipto a nuestros antepasados, y hasta hoy, hemos sido rebeldes al Señor Dios nuestro y no hemos prestado atención a su voz.
Por eso han venido sobre nosotros tantos males, y la maldición con que el Señor amenazó a Moisés, su siervo, el día en que sacó de Egipto a nuestros antepasados para darnos una tierra que mana leche y miel.
Así sucede en este mismo día. Pero nosotros no hemos hecho caso a la voz del Señor Dios nuestro, a todo cuanto hablaron los profetas que él nos había enviado, sino que cada uno de nosotros se ha conducido de acuerdo con las malas inclinaciones de su propio corazón, sirviendo a dioses ajenos y haciendo lo malo a los ojos del Señor Dios nuestro».
R/. Haciendo honor a tu nombre, sálvanos, Señor.
Oh Dios, los paganos han invadido tu heredad,
han profanado tu santo Templo,
han reducido Jerusalén a escombros;
han arrojado el cadáver de tus siervos
como alimento a los pájaros del cielo,
el cuerpo de tus fieles a las fieras de la tierra. R/.
Han derramado su sangre como agua
por toda Jerusalén y nadie los sepulta.
Somos la burla de nuestros vecinos,
la mofa, la risa de los que están cerca.
¿Hasta cuándo, Señor?
¿Estarás siempre airado?
¿Estallará como el fuego tu celo? R/.
No esgrimas contra nosotros los pecados de antaño;
que nos llegue pronto tu misericordia
porque estamos exhaustos. R/.
Ayúdanos, Dios salvador nuestro,
por la gloria de tu nombre;
líbranos, perdona nuestros pecados
haciendo honor a tu nombre. R/.
Lectura del santo evangelio según san Lucas
En aquel tiempo, dijo Jesús:
—¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han realizado en medio de ustedes, ya hace mucho tiempo que sus habitantes se habrían convertido y lo habrían demostrado llevando luto y ceniza.
Por eso, Tiro y Sidón serán tratados en el juicio con más clemencia que ustedes.
Y tú, Cafarnaún, ¿crees que vas a ser encumbrada hasta el cielo? ¡Hasta el abismo, serás precipitada!
El que los escuche a ustedes, es como si me escuchara a mí; el que los rechace a ustedes, es como si me rechazara a mí; y el que me rechace a mí, es como si rechazara al que me envió.
Las dos lecturas litúrgicas tienen en común un evidente rasgo penitencial. La constante conversión requerida por el discipulado exige que la dimensión penitencial esté siempre presente en nuestra vida cristiana. El durísimo juicio emitido por Jesús sobre las ciudades del lago constituye también una severa advertencia para quienes leemos la palabra del Evangelio, a fin de que no nos endurezcamos ni cerremos nuestro corazón a una verdadera escucha de la Palabra. Seremos más imperdonables que Sodoma y Gomorra, y más incrédulos que Tiro y Sidón si, habiendo encontrado la alegre noticia, permaneciéramos extraños, alejados, cerrados en nosotros mismos. Por el contrario, tanto el profeta Baruc como la enseñanza de Jesús nos invitan a que seamos capaces de confesar nuestro pecado, reconociendo al mismo tiempo la fidelidad y la misericordia de nuestro Dios.
Por eso debemos acoger de buen grado a quien nos exhorta a la conversión, haciéndonos constatar nuestros pecados e incitándonos a cambiar de vida. En los profetas, que a menudo nos resultan incómodos, la Palabra bíblica nos hace reconocer la voz de Dios, que nos habla y no quiere humillarnos de manera gratuita o deprimirnos, sino indicarnos el único camino de salvación. Éste es el de una incesante búsqueda de conversión y una lucha tenaz contra las fuerzas destructoras del pecado: «Cada uno de nosotros ha seguido los proyectos de su obstinado corazón dando culto a otros dioses y ofendiendo al Señor, nuestro Dios, con su conducta».
| Blanco | Color que hace referencia a la resurrección de Jesús, siendo el color más solemne en la liturgia. Simboliza la alegría y la paz. Se usa durante el tiempo de Pascua y el tiempo de Navidad. Se emplea también en las fiestas y solemnidades del Señor no relativas a la Pasión, incluida la misa de la Cena del Señor del Jueves Santo, en las fiestas de la Virgen María y de los santos que no murieron mártires. |
| Morado | Este color simboliza preparación espiritual. Simboliza humildad, penitencia, deseo y dolor. Se usa en Adviento y en Cuaresma, tiempos de preparación para la Navidad y la Pascua respectivamente. Además, en las celebraciones penitenciales y de difuntos. |
| Verde | Este color simboliza esperanza, paz, serenidad y ecología. Es usado durante el Tiempo Ordinario, en los feriados y los domingos que no exigen otro color (solemnidades, fiestas de santos). |
| Rojo | Asociado a la sangre y al fuego, es color del corazón: denota pasión, vida, pentecostés y martirio. Es usado principalmente en el Domingo de Ramos, el Viernes Santo, Pentecostés y en las fiestas de mártires. Además, en la administración del sacramento de la Confirmación. |