La utilización política de la Biblia: de la memoria de liberación al discurso de poder en Estados Unidos e Israel
Hay libros oportunos. Y hay libros necesarios.
La utilización política de la Biblia pertenece a esta segunda categoría, porque se atreve a entrar en una zona donde demasiadas veces se mezclan devoción, identidad, propaganda y poder sin el rigor necesario.
La tesis de fondo es incómoda, pero ineludible: la Biblia no solo inspira la conciencia religiosa; también puede ser utilizada para construir legitimidades políticas, movilizar imaginarios nacionales y justificar decisiones históricas de enorme alcance.
Una pregunta decisiva: ¿quién interpreta y para qué?
Buena parte de los debates contemporáneos sobre religión y esfera pública se atascan porque se formulan mal. No basta con preguntar si la Biblia “está presente” en la política. La pregunta decisiva es otra: cómo se usa, quién la usa, con qué selección de textos y al servicio de qué proyecto.
Ahí está la agudeza de este libro. No se limita a denunciar. Analiza. No simplifica. Discierne.
Estados Unidos: del éxodo liberador al excepcionalismo nacional
Uno de los grandes aciertos del capítulo dedicado a Estados Unidos es mostrar que la Biblia ha operado allí como una matriz de identidad nacional de larguísimo recorrido. El éxodo, la imagen del pueblo elegido, la idea de la misión histórica y ciertas lecturas providencialistas han servido para narrar la nación como llamada, destino y promesa. Pero esa misma tradición también fue reapropriada por los esclavizados, por la lucha antiesclavista y por el movimiento por los derechos civiles, con Martin Luther King como figura culminante. Es decir, la misma Biblia comparece en la historia norteamericana como argumento de dominación y como gramática de liberación.
El recorrido por presidentes como Reagan, Bush, Obama, Biden o Trump permite ver algo todavía más punzante: la apelación bíblica no desaparece con la modernidad. Cambia de tono, de énfasis y de función. A veces se vuelve moralizante. A veces civil-religiosa. A veces abiertamente beligerante. Pero sigue ahí, modelando imaginarios y adhesiones.
Israel: Biblia, tierra, promesa y conflicto
El capítulo sobre el Estado de Israel añade otra capa de densidad. Aquí la Biblia no entra solo como repertorio de símbolos o lenguaje moral, sino como componente decisivo en las disputas sobre tierra, identidad, legitimidad histórica, sionismo y neosionismo. El análisis muestra cómo distintas corrientes han leído la Biblia de modos divergentes, y cómo determinadas apropiaciones han servido para reforzar posiciones nacionalistas, expansivas o excluyentes en el contexto del conflicto contemporáneo. El libro vincula esta cuestión con Gaza, con la radicalización de ciertos discursos y con el modo en que la instrumentalización bíblica acaba afectando también al debate académico y cultural.
El paralelo que más interpela
El verdadero paralelismo entre ambos capítulos no está en equiparar historias distintas, sino en mostrar un mismo mecanismo: cuando la Biblia deja de ser instancia crítica frente al poder y pasa a ser su escudo simbólico, algo decisivo se corrompe.
Entonces el texto sagrado deja de abrir conciencia y empieza a clausurar preguntas.
Deja de incomodar al vencedor y empieza a legitimar su relato.
Deja de recordar a la víctima y empieza a bendecir la fuerza.
Un libro para creyentes, lectores críticos y ciudadanos
Este libro importa porque no solo habla de Biblia. Habla de hermenéutica, de memoria, de responsabilidad pública y de salud democrática. Obliga a distinguir entre una lectura creyente con densidad ética y una lectura interesada que convierte la Escritura en munición ideológica.
Y por eso la pregunta que deja sobre la mesa es tan actual como urgente:
¿Queremos una Biblia que legitime nuestras trincheras o una Biblia que las juzgue?
Una invitación al debate
En tiempos de consigna rápida, este libro invita a pensar despacio.
En tiempos de polarización, obliga a matizar.
En tiempos de uso partidista de los símbolos, recuerda que la interpretación nunca es inocente.
Porque quizá el problema no sea que la Biblia entre en la conversación pública.
Quizá el problema sea cómo entra, quién la pone a hablar y a quién deja sin voz.
Pregunta para abrir conversación:
¿La Biblia en la vida pública sigue siendo fuente de justicia y discernimiento, o se ha convertido demasiado a menudo en un recurso de legitimación ideológica?